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martes, 15 de noviembre de 2011

Cinco días y todavía con obstáculos


Hace poco que hablábamos de todo lo que se le había quedado en el tintero a este gobierno que se nos va: la ley de libertad religiosa, la de muerte digna o la ley de no discriminación y de igualdad de trato.

Esta última es quizás la que más duele porque estoy seguro de que podía haberse convertido en la ley definitiva, en esa gran ley que protegiese nuestra dignidad, autonomía, identidad y libertad y desterrase de nosotros de una vez por todas esa alma de caballero andante o de buen samaritano que nos predispone a ofrecer nuestras espaldas y nuestros músculos para ayudar a cruzar el charco al pobre "impedido".

Somos de izquierdas, socialistas y solidarios, pero parece ser que todavía encontramos excusas y matices o no nos queda claro que un coche mal aparcado, un escalón, una acera estrecha, un mostrador alto o un debate sin doblaje para sordos, pisotean todo aquello en lo que creemos, proclamamos y vitoreamos.

Algo tan simple como un colegio al cual no puede entrar un ciudadano con discapacidad. ¿Es eso igualdad de trato?

Piensa en esto:

- No quiero tu ayuda, quiero tener tus oportunidades.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cuestión de formas


Aprovechando que han pasado cinco años desde que el PP decidió presentar un recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio homosexual y que hoy hay una concentración de ciudadanos frente a la sede del PP a favor de la libertad de elección de dos personas que deciden emprender una vida juntas y lo quieren hacer como diría aquel, “como dios manda”, voy a intentar entender cuál es el problema.

Puede que se trate de un problema de orden ya que las cosas “como dios manda” siguen una jerarquía, en este caso:
- Vivir solo o sola: Cuando se es solterón o solterona.
- Vivir con más gente: Compartir piso en época de estudios. No se permiten pisos mixtos.
- Vivir en pareja: Con sexo vives en pecado. Sin sexo te ayuda a conocer a tu pareja y comentar ese futuro de vida en común. En esta última opción hay que ir con cuidado porque uno puedo acabar compartiendo cama y quién sabe si follando.
- Vivir como pareja de hecho: Es parecido a vivir en pareja, se sigue viviendo en pecado pero con los mismos derechos que tiene un matrimonio.
- Vivir en matrimonio: Compartir una vida y procrear, a poder ser sin disfrutarlo. En tres palabras: Como dios manda.

Pues sí, parece que desde este punto de vista el orden de las cosas “como dios manda”, es importante ya que pone a cada uno en su sitio: al hombre, macho, a la mujer, mujer, al gay, maricón y a la lesbiana, tortillera.

Quizás se trate de un problema formal. Para ello voy a ver si desde este punto de vista se puede aclarar algo la cuestión. En estos casos la RAE es una gran aliada. Veamos qué nos tiene que decir:

matrimonio.
(Del lat. matrimonĭum).
1. m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.
2. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.
3. m. coloq. Marido y mujer. En este cuarto vive un matrimonio.
4. m. P. Rico p. us. Plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas.

hombre.
(Del lat. homo, -ĭnis).
1. m. Ser animado racional, varón o mujer.

Conclusiones:

- Si en Puerto Rico según la cuarta acepción se reconoce como matrimonio: “Plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas.”, por qué no: “Unión entre dos personas, independientemente de su sexo, concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.”. La tercera acepción puede quedar como anacronismo ya que la inercia de años de matrimonios mixtos, necesita algún tiempo para adaptarse.
- Aunque si no queremos pasar por Puerto Rico, podemos usar la primera acepción de la RAE para hombre. En ella, haciendo uso de la ausencia de género, nos deja claro que se trata de seres animados racionales, tanto hombres como mujeres. Pues ya está, vamos a simplificar la primera acepción de matrimonio y vamos a decir que se trata de; “Unión entre hombres concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.”

No sé, pero creo que hemos llegado a una solución ajustada a la forma en la que las cosas como dios manda sean compatibles con las cosas como son. ¿O no? Es cierto, se me olvidaba que para que esto sea posible hace falta el respeto por las ideas y por la libertad de los demás, por lo que creo que al final, no hemos solucionado nada, aunque como grita mi compañera vihernes: "¡La justicia llegará!".

sábado, 31 de julio de 2010

Arte, cultura, sangre y miseria


El jueves, volviendo a Madrid desde Albacete, pude escuchar por la radio las declaraciones de la ministra de cultura Ángeles González-Sinde, con esa voz pausada y algo displicente, diciendo que las corridas de toros forman parte de la cultura y son una representación de la vida.


Soy una persona que se considera tolerante y respetuosa con la reglas del juego, a veces un poco cuadriculado y algo puñetero cuando me llevan la contraria, pero bueno, ¿quién no lo es? Pues eso, que justo un día después de la votación y de las lágrimas del torero, en mis primeras horas de día tras el despertador, mientras preparaba la jornada e intentaba digerir todo lo dicho de un lado y del otro del ruedo, escribía un comentario en el blog de Rosa María Artal referente a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Nunca es fácil decirlo todo, es cierto, pero la conclusión era que sin entrar en qué es cultura, arte o estética y qué no, quedaba suficientemente claro que el límite lo ponía la dignidad, la ética y el respeto.


Todo parecía perfecto: una idea sencilla y un argumento claro. Pero al darle al botón de enviar, me acordé del poeta maldito, del escritor borracho y del músico heroinómano y pensé: “¡Eso es cultura!, ¿o no?... ¿De qué estoy hablando?, ¿del artista o de la obra?, ¿de arte o de miseria?”


Es difícil explicar por qué la decadencia, la muerte y el sufrimiento son tan fascinantes, bueno, no es que sea difícil, es que es una discusión que nunca lleva a nada, una respuesta sin consenso, un callejón sin salida en el que lo único cierto es esto: “La muerte y el moho, nos ponen”. Si alguien no ha visto la escena de la sauna de Promesas del Este en la que Viggo Mortensen lucha en pelota picada por su vida a navajazo limpio, que la vea y que luego me diga mirándome a los ojos que se ha quedado indiferente.


Siguiendo con el cine, unos días antes de la votación, volví a ver Funny Games con mi hermana. Ella no la había visto, pero yo ya sabía de qué iba el juego. He de reconocer que sentí cierto placer sádico al notar su desconcierto y su incompresión frente a esos molestos silencios y los guiños a la cámara del niño rico. ¿Tampoco la has visto? Me parece que te queda mucho trabajo por hacer, no sé a que esperas, pero eso sí, cuando las veas, tras recordar las heridas de Viggo y tragar saliva, me cuentas cómo te sentiste y qué hiciste frente al televisor.


Ejemplos, tantos como queramos. ¿Quién no tiene una foto retratando miseria? ¿Quién no pisa el freno y alarga la cabeza al pasar frente a un accidente de circulación? Yo fui uno de esos que corrí a ver a Leopoldo María Panero borracho y destrozado por el alcohol, dando una supuesta conferencia en un supuesto acto cultural de la facultad, a cambio de salir de Mondragón y de unos cuantos botes de cerveza. ¿Quién puede negar que los toros se han nutrido de miedo, miseria y circo? El espontáneo que salta a la plaza en busca de fama y dinero, la tonadillera nacida en una chabola y elevada a símbolo de una España convertida en una tierra de oportunidades muy particular, todos bufones de nuestro circo identitario y cultural, eso sí, todos ellos parte de la representación de la vida, como diría la ministra.


¿Todo esto por qué? No lo sé, pero hay algo atávico en nosotros que acabamos disfrazando de cultura, arte o estética y que evitamos llamarlo fascinación o simplemente placer, esos instintos primarios que reprimimos, canalizamos y moldeamos y que nos hacen ser capaces de convivir, crear obras de arte, fundar civilizaciones o levantar ciudades, ciudades que luego destruimos para admirar con fascinación sus ruinas y su decadencia. Siempre existirá la duda, la pregunta que nos empuje a entendernos mejor y que nos obligue volver a retomar el debate de siempre, la pregunta del millón. Pero una cosa es cierta, con razones o sin ellas, con contradicciones o no, al final, como dijo Jean-Paul Sartre, todo se reduce a esto: “Al querer la libertad descubrimos que ella depende enteramente de la libertad de los demás.”, y ahí es donde nos topamos con nosotros mismos.


Casi siempre, reconocer los límites es tarea complicada.