Siempre me ha costado tomar decisiones lo cual me ha llevado a situaciones absurdas como llevarme tres o cuatro pares de pantalones que luego no me gustaban o comprarme unos zapatos que además de feos, me apretaban. Otras veces, la indecisión me ha llevado a tomar caminos equivocados, no siempre ha sido así, pero si a la indecisión se le adosa un punto de cabezonería, la mezcla es la perfecta para llevarme al caos. Pero bueno, dejemos de hablar de mí aunque sea de la única cosa que hablo en mi blog.
Ayer, de camino al trabajo, se veían los restos de la huelga general: pegatinas a medio arrancar en los escaparates, cerraduras brillantes en viejas puertas y alguna que otra pintada, directa, poco imaginativa pero efectiva. Más o menos tardo un cuarto de hora en llegar, lo cual me da cierto tiempo para ir pensando en mis cosas y claro, ayer le llegó el turno a la huelga.
Como se puede deducir de mi anterior entrada, después de muchas dudas, apoyé la huelga. Para ello creé un eje transversal que atravesaba esos pensamientos paralelos de nuestra izquierda que por desgracia sólo tienden a juntarse en el infinito y volví a creer en su unidad, en la democracia y en la política progresista como única salida para poder deshacer parte del camino andado.
Hoy sigo pensando en esos dos puntos que suturan las heridas de la izquierda, aunque después de oír varias veces los gritos de “VICTORIA” salir de manera entrecortada desde las puertas de los bares por los que voy pasando, no puedo más que sentirme un poco culpable y no parar de pensar: ¿Y si la he cagado?
Puede que sólo tenga una cosa segura y es que la derecha es una máquina perfecta, efectiva, segura y que nunca duda. Espero no olvidarlo nunca.



